Opinión- Actualidad Metropolitana
Lunes, 17 de agosto de 2026
Por: Omar Jiménez
Una semana después del terremoto, Colombia sigue intentando dimensionar la tragedia. Y mientras el país cuenta damnificados, busca desaparecidos, rescata sobrevivientes y empieza a calcular cuánto costará reconstruir todo, también queda claro que esta emergencia no solo puso a prueba nuestras estructuras físicas. Puso a prueba al Estado, al Gobierno, a los medios y a todos nosotros como sociedad.
Y el amor no puede quitar el conocimiento, y hay que decirlo sin rodeos, el Gobierno Nacional llegó a esta emergencia con una dificultad que no es menor, el cambio de administración y no haber realizado el empalme le está sacando factura al gobierno, renuncias sin resolver, nombramientos que todavía no estaban plenamente definidos y una estructura institucional que no estaba completamente lista para responder. La UNGRD, por ejemplo, seguía bajo la dirección de Javier Pava mientras Abelardo de la Espriella había designado a David Santiago Tamayo para reemplazarlo, pero el nuevo director todavía no estaba formalizado en propiedad cuando comenzó la emergencia.
Un terremoto no espera un decreto de nombramiento, tampoco espera que un Gobierno termine de organizarse.
La responsabilidad política de lo ocurrido no puede atribuirse únicamente a Abelardo de la Espriella, el empalme es una obligación institucional y su fracaso tiene responsables en ambos lados. Pero gobernar significa precisamente estar preparado para lo imprevisible y una administración que llega al poder debe recibir información, equipos, protocolos, contratos, mapas de riesgo y capacidad operativa suficiente para responder desde el primer minuto.
La política no puede estar por encima del Estado y mientras la institucionalidad intentaba acomodarse, los colombianos hicieron algo extraordinario, se organizaron solos para ayudar.
Desde Cali hasta el Chocó, desde Bogotá hasta los municipios más pequeños, aparecieron ciudadanos recogiendo alimentos, empresas poniendo recursos, organizaciones enviando equipos, voluntarios viajando y familias abriendo sus puertas. La solidaridad se volvió una especie de reacción natural de nuestro país. Son de esas cosas que nos hincha el corazón de resiliencia.
Porque Colombia tiene una capacidad enorme para levantarse cuando todo parece perdido, no necesitamos que nadie nos enseñe a ser solidarios, lo hacemos porque lo llevamos adentro.
Pero esa misma solidaridad necesita un Estado que la coordine, la multiplique y la convierta en soluciones permanentes y ahí comienzan las preocupaciones.
Las declaraciones del ministro del Interior, Rodrigo Lara, tampoco ayudaron demasiado a transmitir serenidad. En medio de la emergencia reconoció públicamente que no tenía información suficiente sobre algunas de las zonas afectadas, mientras protagonizaba cruces políticos alrededor de la operación de rescate; en una crisis semejante, la gente no necesita funcionarios que parezcan estar descubriendo la emergencia al mismo tiempo que la ciudadanía. Necesita funcionarios que sepan qué está pasando y qué van a hacer al respecto.
Y hubo una frase del propio Lara que terminó generando otra polémica cuando dijo que el daño de los colegios le dolía más que la muerte de ciudadanos, probablemente quiso referirse al impacto que tendrá sobre miles de niños perder sus espacios educativos, pero en comunicación política las intenciones importan menos que la percepción. En una tragedia, las palabras tienen que ser escogidas con bisturí.
Lo mismo ocurre con la imagen presidencial. Un presidente tiene derecho a estar en territorio a hablar con la gente, abrazar a los afectados, acompañar a los niños y tratar de devolverles un poco de esperanza. Pero hay momentos en los que la comunicación política debe entender que menos es más.
Entregar un balón puede ser un gesto bonit, saludar a la gente puede ser humano, grabar videos puede ser parte de una estrategia digital, pero cuando el país está contando muertos y familias enteras están debajo de los escombros, cualquier gesto mal calculado puede parecer una puesta en escena.
Un presidente no puede parecer más preocupado por cómo se ve que por cómo está respondiendo, en la política las formas también cuentan.
Y hay otro episodio que resulta particularmente difícil de explicar, mientras miles de familias enfrentaban problemas de vivienda y servicios básicos, circularon imágenes que ubicaron al ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, en Santa Marta durante el puente festivo. El funcionario posteriormente explicó que se trató de un viaje familiar para encontrarse con sus hijas y aseguró que continuaría trabajando por el país.
No corresponde afirmar, sin más, que abandonó sus funciones, pero tampoco sería serio ignorar el problema político que generan esas imágenes. El Congreso ya anunció una moción de censura y todo el país está cuestionando la irresponsabilidad de su presencia en Santa Marta en plena emergencia.
Porque aquí no estamos hablando de cualquier ministerio, estamos hablando de vivienda, agua y saneamiento. En una tragedia que dejó a miles de familias sin hogar, la presencia del responsable de esa cartera no es un asunto menor, un ministro también comunica con sus decisiones, con sus prioridades y con el lugar donde decide estar.
Puede ser un padre, un esposo y tener derecho a compartir con su familia, por supuesto, pero gobernar también significa entender cuándo el país necesita que usted esté al frente de su responsabilidad.
Y mientras todo esto ocurría, los medios de comunicación cometieron excesos, informar es necesario, repetir durante ocho horas diarías ininterrumpidanente las mismas imágenes de destrucción, las mismas lágrimas, los mismos testimonios y las mismas escenas de desesperación no necesariamente es informar mejor.
Cuando el dolor se convierte en combustible para el rating, el periodismo pierde humanidad. La exposición permanente a tragedias también tiene efectos sobre la salud mental. Algunos influencers han llevado el asunto todavía más lejos, grabando víctimas, invadiendo momentos íntimos y exponiendo incluso a menores para conseguir reproducciones. No todo lo que ocurre necesita una cámara, no todo lo que se graba necesita publicarse y ayudar tampoco necesita publicación.
La solidaridad de los colombianos fue inmensa sin necesidad de convertir cada ayuda en un reel. Hay actos que son más nobles precisamente porque nadie los está mirando.
Ahora viene la parte que nadie puede maquillar, reconstruir será carísima. Las primeras estimaciones hablan de más de 25 billones de pesos, cerca del 1 % del PIB, y solo el Valle del Cauca concentra pérdidas estimadas en unos 19,5 billones. Cali podría necesitar alrededor de 10 billones para su reconstrucción.
Eso significa que el Gobierno necesitará algo más que buenas intenciones, necesitará empresa privada, cooperación internacional, organismos multilaterales, gobiernos extranjeros, universidades, organizaciones sociales y ciudadanos.
Y ya hay señales esperanzadoras, la ANDI, grupos económicos como los Santo Domingo y los Gillinsky, anunciaron aportes de enorme magnitud para la reconstrucción. Cada peso cuenta, cada mano cuenta, cada gobierno que quiera ayudar cuenta.
Pero también habrá que vigilar cada peso, porque reconstruir Colombia no puede convertirse en una feria de contratos, favores políticos y burocracia, la tragedia no puede ser convertida en un negocio.
Además, hay algo que no podemos perder de vista, no todas las zonas afectadas tienen cámaras encima, hay municipios, corregimientos y comunidades rurales que siguen esperando atención, agua, vivienda, vías, alimentos y presencia institucional, la tragedia no termina donde termina la transmisión de televisión.
Y en medio de tanta devastación aparecen esas historias que parecen imposibles, personas encontradas con vida después de varios días, rescatistas que siguen buscando cuando otros ya daban la esperanza por perdida, familias que esperan, vecinos que no abandonan a sus vecinos. Son historias que nos recuerdan algo profundamente colombiano, que nos pueden derrumbar las casas, pero no necesariamente nos derrumban el espíritu, Colombia siempre se ha levantado.
Lo hizo después de Armero, después del terremoto del Eje Cafetero, lo ha hecho después de inundaciones, deslizamientos, incendios, pandemias y tantas tragedias que parecían demasiado grandes para nosotros.
Y volverá a hacerlo, pero esta vez debemos hacerlo mejor.
El Gobierno tiene que dejar atrás la improvisación y demostrar que puede gobernar en medio de una crisis. La oposición debe tener altura y no convertir cada error en propaganda. Los medios deben informar sin explotar. Los influencers deben entender que una víctima no es contenido. Y nosotros, como ciudadanos, debemos conservar esa solidaridad que volvió a aparecer cuando más se necesitaba.
Porque esta tragedia nos deja una certeza, Colombia no necesita que le enseñen a levantarse, necesita que su Estado esté a la altura de la gente que ya está intentando hacerlo.

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