Opinión- Actualidad Metropolitana
Lunes , 27 de junio de 2026
Por: Omar Jiménez
Abelardo llegó al poder como un outsider, su gobierno, en cambio, empieza a parecerse cada vez más a una reunión coásica de quienes conocen bastante bien cómo funciona el poder.
Y eso no es necesariamente malo, sería absurdo exigirle al nuevo presidente que gobierne rodeado exclusivamente de improvisados. El asunto es otro, qué intereses, qué alianzas y qué estructuras políticas empiezan a acumular influencia alrededor del hombre que prometió no depender de ellas.
Porque una cosa es tener el poder, y otra, bastante más interesante, es saber quién tiene acceso a él.
Los nombramientos ministeriales y la configuración de su círculo más cercano empiezan a revelar algo que va mucho más allá de las hojas de vida de los nuevos funcionarios. Allí aparecen figuras con trayectoria propia, conexiones con importantes sectores políticos y vínculos con estructuras regionales de la derecha.
Elsa Noguera conecta al gobierno con la poderosa casa Char, Mauricio Gómez Amín llega desde una familia política de peso en el Caribe, Rodrigo Lara, por su apellido más que por talento, asume el Ministerio del Interior, Miguel Gómez Martínez, Hacienda junto con la personería jurídica de Salvación Nacional. Jaime Andrés Beltrán en Vivienda representa un sector religioso grande de la iglesia Camino a La Libertad, Paola Holguín de Cultura, representa la casa política de Antioquia de los Paolos y una alfil importante que le quita al Centro Democrático. Y alrededor de ellos se mueve un entramado de partidos, sectores y liderazgos que no llegaron ayer a la política colombiana.
La pregunta, entonces, no es quiénes son los ministros, es qué representa cada nombramiento en el nuevo mapa del poder. Porque los ministros llegan a la Casa de Nariño con algo más que una hoja de vida, llegan con relaciones, historia, aliados, enemigos y capacidad de abrir puertas. Algunos tienen votos, otros tienen partidos, otros tienen apellidos, y algunos, quizá, tienen las tres cosas.
Abelardo puede nombrar ministros, pero los ministros también llevan consigo sus propios mundos, y es ahí donde empieza el verdadero juego, el poder no se mide únicamente por quién ocupa un ministerio, sino por quién tiene la capacidad de influir sobre quien ocupa la Presidencia.
La derecha colombiana, además, está cambiando de centro de gravedad, el CD que durante años fue el principal eje político de ese sector, ahora comparte escenario con un presidente que llegó al poder con una fuerza propia y que tiene algo que ningún liderazgo opositor posee, la capacidad de repartir poder desde la Casa de Nariño.
El CD puede ser aliado de Abelardo, pero una alianza no significa necesariamente subordinación y mucho menos obediencia. Lo mismo ocurre con Cambio Radical, La U, los sectores conservadores, Creemos y las demás fuerzas que empiezan a gravitar alrededor del Gobierno. Todos necesitan a Abelardo, pero Abelardo también necesita de todos ellos.
La política colombiana conoce muy bien todo ese tipo de matrimonios, se celebran con discursos de unidad y suelen durar exactamente hasta que llega la hora de repartir las sillas. Porque una cosa es acompañar al presidente y otra muy distinta es aceptar que el presidente decida quién se sienta dónde, ahí está el verdadero desafío de Abelardo, no solo gobernar Colombia, sino gobernar la coalición que ahora lo rodea.
Porque quienes ayudaron a construir una victoria no suelen conformarse con una fotografía de agradecimiento. Llegan con expectativas, con aspiraciones, con cuentas pendientes, y en algunos casos, con la memoria suficiente para recordar cuánto aportaron cuando todavía no estaba claro quién iba a ganar, porque Abelardo no llegó a la Presidencia con una mayoría
aplastante que le permita ignorar a quienes hoy lo rodean; ganó por apenas 250.000
votos de diferencia y una victoria así otorga el poder, pero también obliga a administrarlo con mucho cuidado.
Abelardo llegó a la Presidencia sin que la vieja política le abriera la puerta. Ahora tendrá que demostrar que, una vez adentro, no terminará entregándole las llaves.
Porque los aliados que ayudan a conquistar el poder tarde o temprano quieren participar en sus decisiones y cuando todos creen tener derecho a una parte del Gobierno, el presidente debe demostrar que construyó una coalición para gobernar y no, que sin darse cuenta, terminó construyendo una coalición para que lo gobierne.

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