Opinión- Actualidad Metropolitana
7 de julio de 2026
Por: Omar Jiménez
La campaña ya terminó pero sus protagonistas parecen no haberse enterado.
Mientras que Colombia esperaba el inicio de una transición democrática a la altura del momento histórico que vive el país, terminó presenciando un nuevo capítulo de la polarización. El proceso de empalme se suspendió antes de comenzar, las acusaciones reemplazaron el diálogo y como siempre los egos volvieron a ocupar el lugar que debería pertenecer exclusivamente a la institucionalidad.
Qué oportunidad tan desperdiciada, el presidente electo, Abelardo de la Espriella, y el presidente saliente, Gustavo Petro, tenían la posibilidad de enviar un mensaje de serenidad y madurez democrática; el país esperaba ver dos liderazgos capaces de entender que las elecciones ya terminaron y que la prioridad debía ser garantizar una transición responsable, sin embargo, ambos terminaron alimentando una confrontación que solo profundiza la división nacional que tanto daño le hace.
Abelardo de la Espriella corre el riesgo de gobernar con el llamado complejo de Adán, que es creer que la historia comienza con su llegada al poder y que todo lo anterior debe ser demolido, ningún estadista construye un país desde la idea de que antes de él no existía nada valioso.
Gustavo Petro, por su parte, parece decidido a convertir la derrota en una batalla permanente, terminó siendo un perdedor infantil e inmaduro, olvidando que la democracia también se honra cuando se pierde, un presidente saliente tiene la responsabilidad constitucional y ética de garantizar una transición institucional, incluso cuando quien lo sucede representa un proyecto político completamente distinto.
Para terminar de incendiar el panorama, las declaraciones del fin de semana por parte de Carlos Alonso Lucio, afirmando que el nuevo gobierno buscaría extraditar a Gustavo Petro, y las posteriores respuestas desde la izquierda, terminaron enrareciendo un ambiente que ya era suficientemente complejo que en medio de ese clima, el empalme quedó suspendido y la institucionalidad volvió a ser la principal perjudicada.
Colombia necesita que un sector gobierne y que el otro ejerza una oposición firme, vigilante y propositiva, eso es lo que contempla la democracia y lo que no puede seguir ocurriendo es que el país permanezca en una campaña electoral permanente, donde cada decisión se interpreta como una provocación y cada diferencia termina convertida en una crisis.
La historia no recordará quién lanzó la última acusación ni quién respondió con mayor dureza, recordará quién estuvo a la altura de las circunstancias cuando Colombia más lo necesitaba y sobre todo, de empezar a unir un país que lleva demasiado tiempo dividido.

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