Opinión- Actualidad Metropolitana
Por Juan Carlos Jurado
16 de julio de 2026
Dicen que uno conoce a las personas cuando se van. Lo mismo pasa con los gobiernos.
No en los discursos de despedida, que siempre suenan mejor de lo que merecen. Sino en los números que dejan, en las instituciones que entregan, en el estado real de la casa cuando apagan las luces y devuelven las llaves.
El 7 de agosto, Gustavo Petro le devuelve las llaves a Colombia. Y vale la pena mirar, sin odio pero sin anestesia, en qué estado queda la casa.
Empecemos por lo más tangible: la economía.
Colombia cierra el gobierno Petro con un déficit fiscal que supera el 5% del PIB. La deuda pública creció de manera sostenida durante cuatro años. La inversión extranjera directa cayó en sectores clave precisamente cuando el mundo estaba en disposición de invertir en América Latina. El peso colombiano vivió una montaña rusa que no tenía que ver con el mercado internacional sino con cada declaración presidencial que generaba incertidumbre sobre las reglas del juego.
Hayek lo explicó con una claridad que sigue incomodando a quienes no quieren escucharlo: cuando el Estado manda señales contradictorias al mercado, el mercado responde de la única manera que puede. Se va. No por conspiración, no por sabotaje de élites. Se va porque el capital, como el agua, fluye hacia donde encuentra seguridad y no hacia donde encuentra amenaza permanente.
Cuatro años de amenaza permanente tienen un costo. Y ese costo lo hereda De la Espriella.
Pero hay algo que duele más que el déficit fiscal, y es el deterioro institucional.
Colombia llegó al gobierno Petro con instituciones imperfectas pero funcionando. Con una Fiscalía que investigaba, con una Contraloría que auditaba, con unas Fuerzas Armadas que operaban dentro de su rol constitucional. Cuatro años después, la percepción generalizada es que muchas de esas instituciones fueron sometidas a una presión política que no tenían por qué soportar.
No lo digo yo. Lo dicen los propios colombianos que respondieron las encuestas. Lo dicen los empresarios que decidieron no invertir. Lo dicen los jueces que recibieron trinos presidenciales como si el Ejecutivo tuviera algo que ver con sus fallos.
Montesquieu, que entendía de estas cosas hace tres siglos, advirtió que la separación de poderes no es un lujo de democracias avanzadas. Es la condición mínima para que una democracia exista. Cuando esa separación se erosiona, no importa cuántas veces se mencione la palabra pueblo en un discurso. El poder está concentrado. Y el poder concentrado siempre termina mal.
Luego está la política exterior.
Colombia salió de cuatro años de gobierno Petro con relaciones tensas con Estados Unidos, distancia con aliados tradicionales y una cercanía ideológica con Venezuela, Cuba y Nicaragua que le costó credibilidad en los foros internacionales donde se toman las decisiones que afectan la economía real del país.
No es un tema menor. Colombia depende del comercio exterior, de la inversión extranjera, de los acuerdos que se firman o que se dejan de firmar con el mundo. Un presidente que convierte su política exterior en una declaración ideológica le hace daño al exportador de flores, al caficultor, al empresario de Barranquilla que necesita acceso a mercados.
Reconstruir esa credibilidad no se hace con un discurso en la ONU. Se hace con consistencia, con seriedad, con años de señales que vayan todas en la misma dirección.
Y finalmente está algo que no aparece en ningún indicador pero que cualquier colombiano siente cuando lo mira a los ojos: el agotamiento de la polarización.
Petro gobernó dividiendo. No como estrategia fallida sino como método deliberado. Ricos contra pobres, élites contra pueblo, establecimiento contra cambio. Cuatro años de ese lenguaje dejan una sociedad exhausta, desconfiada y con una herida en el tejido social que los decretos no curan.
De la Espriella hereda un país que necesita con urgencia que alguien le hable distinto. Que alguien le diga que el empresario y el trabajador no son enemigos. Que el éxito de uno no es el fracaso del otro. Que construir riqueza y distribuir oportunidades no son proyectos contradictorios sino la misma cosa vista desde ángulos distintos.
Dicho todo esto, quiero ser claro en algo.
Este balance no es una celebración de la caída de Petro ni un ejercicio de venganza política. Es un inventario. El mismo inventario frío que le haría a cualquier gobierno que entrega el poder, sin importar su color ideológico.
Porque De la Espriella necesita saber exactamente qué recibe. No para quejarse de ello, sino para trabajar con la realidad que existe y no con la que quisiera que existiera.
El déficit fiscal no se arregla con optimismo. La confianza institucional no se restaura con buenas intenciones. La polarización no se cura con un discurso bonito el día de la posesión.
Se arreglan con trabajo, con tiempo y con decisiones que a veces van a doler antes de sanar.
El 7 de agosto De la Espriella recibe la casa. Ya sabemos en qué estado está.
Ahora lo que importa es lo que él haga con ella.

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