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domingo, 19 de julio de 2026

Cuando los aliados empiezan a estorbar


Opinión- Actualidad Metropolitana
19 de julio de 2026



Por: Omar Jiménez


En política no hay amistades eternas, solo compañeros de ruta que permanecen juntos mientras el camino les sirve a ambos.


El Congreso aún no inicia una nueva legislatura y ya aparece la primera gran disputa, pero lo curioso es que esta vez la batalla no parece estar librándose entre el gobierno y la oposición, el primer choque de fuerzas ocurre dentro de la misma derecha.






La pregunta ya no es quién ganó las elecciones, es quién controlará el poder después de ganarlas y la llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia abrió una expectativa evidente, la construcción de una gran coalición de derecha capaz de reunir las distintas vertientes que durante años han estado alrededor del liderazgo de Álvaro Uribe y del Centro Democrático.


Pero la política tiene una regla muy incómoda, nadie entrega el liderazgo voluntariamente y mucho menos cuando siente que puede quedarse con una parte más grande del tablero. El Centro Democrático llegó al nuevo escenario convencido de que su peso electoral le garantizaba un lugar privilegiado en la nueva Administración. No era una aspiración menor, fue la fuerza con mayor votación al Senado, con una bancada de 17 senadores y más de tres millones de votos que, según la lectura política, deberían traducirse en una posición determinante dentro del Congreso.


Sin embargo, el poder no siempre se mueve por gratitud, se mueve por acuerdos, mayorías y capacidad de negociación. En política, los aplausos del triunfo suelen durar poco cuando empieza el reparto del poder y la disputa por las presidencias del Senado y la Cámara está demostrando precisamente eso.


En la Cámara de Representantes, Daniel Briceño parecía tener una ruta despejada hacia la Presidencia, el Centro Democrático daba por hecho que ese espacio estaba asegurado, pero mientras la colectividad concentraba buena parte de sus esfuerzos en la pelea por el Senado, otros actores comenzaron a mover sus fichas con mayor precisión.


Los conservadores cercanos al petristas entendieron una vieja regla del Congreso, las presidencias no se ganan con discursos de victoria, se ganan contando votos y en esa jugada aparece el nombre del guajiro Jaime Luis Lacouture, actual secretario de la Cámara, quien cuenta con cercanía política a la estructura de Carlos Andrés Trujillo, el poderoso dirigente conservador de Itagüí, una de las casas políticas que históricamente ha demostrado habilidad para moverse entre los diferentes escenarios del poder.


Detrás de esta operación también aparecen nombres como Andrés Felipe Cuello y Nicolás Barguil, quienes estarían articulando una estrategia para que la Presidencia de la Cámara quede en manos de sectores conservadores con cercanía al nuevo equilibrio político.


Una jugada que, de concretarse, dejaría al Centro Democrático enfrentando una dura realidad, a veces el mayor golpe político no llega de los adversarios, sino de quienes ayer estaban sentados en la misma mesa negociando.


En el Senado la discusión es todavía más profunda, más allá del nombre de Alfredo Deluque o de cualquier otro candidato, el verdadero debate es sobre quién será el socio político principal del nuevo gobierno. Durante años existió una tradición no escrita, el partido con mayor representación tenía una ventaja política para presidir el Senado, una costumbre que no estaba escrita en ninguna ley, pero que hacía parte de los códigos del Congreso.


El Centro Democrático considera que esa lógica debería aplicarse ahora, Su argumento es simple, fueron la colectividad con mayor votación al Senado y, por lo tanto, sienten que la Presidencia no tendría que negociarse, sino reconocerse.


Pero el nuevo gobierno tiene otras cuentas, la posibilidad de que Alfredo Deluque, del Partido de La U, llegue a la Presidencia del Senado con apoyos provenientes de sectores cercanos al oficialismo muestra que la matemática política está pesando más que las tradiciones parlamentarias.


Y ahí aparece la incomodidad del uribismo, Álvaro Uribe fue uno de los primeros en reconocer el triunfo de Abelardo de la Espriella, lo felicitó, manifestó disposición de acompañar al nuevo gobierno y ubicó al Centro Democrático como un aliado dispuesto a contribuir, pero en política hasta los abrazos más fuertes pueden tener fecha de vencimiento.


La sensación dentro del uribismo es que, después de haber tendido la mano, ahora podrían estar recibiendo una respuesta distinta a la esperada, la advertencia de Uribe, cuando afirmó que si "el tigre va a rugir contra nosotros, nos toca proceder como abejas africanas", no fue una frase cualquiera, fue una mensaje político y confrontativo.


El expresidente entiende que no solamente está en juego una presidencia del Congreso, sino el espacio que durante más de dos décadas ocupó como principal referente de la derecha colombiana, aquí está el verdadero trasfondo.


Abelardo de la Espriella no solo enfrenta el reto de gobernar, también enfrenta la necesidad de construir su propio liderazgo, ningún nuevo jefe político quiere administrar el poder bajo la sombra de quien dominó el escenario anterior y ahí precisamente está la tensión.


El Centro Democrático quiere conservar su papel como columna vertebral de la derecha y Abelardo necesita demostrar que la derecha tiene un nuevo conductor, ambos objetivos pueden convivir, pero también pueden chocar.


Porque en política una alianza funciona mientras todos sienten que ganan, el problema comienza cuando alguno siente que fue utilizado como escalera para que otro llegue más alto, la historia está llena de aliados que terminaron convertidos en competidores. Los partidos no siempre se dividen por diferencias ideológicas, muchas veces se dividen por algo mucho más antiguo, la pelea por el poder.


La paradoja es que mientras la izquierda observa cómo sus antiguos adversarios empiezan a enfrentarse entre ellos, la derecha corre el riesgo de repetir uno de los errores más frecuentes de la política, creer que la mayor amenaza siempre está afuera cuando el mayor desafío aparece sentado en la misma mesa.


Porque así es la política, cuando los aliados empiezan a estorbar, la pregunta deja de ser quién acompaña a quién, la pregunta es quién termina con el poder.


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