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martes, 9 de junio de 2026

Malo y remalo, las elecciones del miedo.

Opinión- Actualidad Metropolitana

Martes 9 de junio de 2026



La segunda vuelta presidencial de 2026 no será una disputa entre candidatos, va ser una disputa entre miedos y temores.




Solo faltan 15 días para que los colombianos volvamos a las urnas y el debate gira alrededor de una pregunta que trasciende candidatos, partidos e ideologías, ¿continuar o cerrar el ciclo político que abrió Gustavo Petro en 2022? Ese es el debate, incluso en algunos corrillos políticos se ha escuchado que, Petro realmente quiere que gane Abelardo, Petro quiere seguir siendo el protagonista de su proyecto político y liderar la oposición, pero eso es tema para otra columna.

Cuando un presidente ocupa el centro absoluto de la conversación nacional, como ocurre hoy con Petro, los demás actores terminan convertidos en satélites de su figura frente a cada declaración, polémica, crisis y confrontación que se presente, se termina orbitando alrededor de él. Por eso la próxima elección se está pareciendo más a un referendo a favor o en contra del proyecto petrista que una elección presidencial.

No sería la primera vez, la historia reciente de Colombia demuestra que las elecciones presidenciales suelen simplificarse hasta convertirse en una pregunta binaria, por ejemplo,  en 2014 Juan Manuel Santos logró convertir la contienda en un plebiscito sobre la paz. En 2018, Iván Duque capitalizó el temor frente al ascenso del PetroChavismo. En 2022, Petro transformó la elección en una confrontación entre cambio y continuidad.
Ahora, en 2026, la disputa parece encaminarse hacia otra versión de la misma lógica, miedo contra miedo.

Por un lado, quienes buscan suceder a Petro intentarán consolidar la idea de que el país no puede permitirse cuatro años más de un proyecto político asociado al desgaste institucional, la polarización permanente y la incertidumbre económica. Por el otro, el petrismo buscará convencer a los electores de que la alternativa representa el regreso de las élites tradicionales, de las viejas estructuras de poder y de un modelo político que muchos consideran agotado y nefasto.

Ninguno de los dos discursos necesita explicar demasiado. Los miedos son emocionalmente eficientes, simplifican la realidad, movilizan más rápido que las propuestas, activan identidades políticas profundas y convierten una elección compleja en una decisión aparentemente sencilla.

Por eso la segunda vuelta presidencial rara vez la gana quien tiene el mejor programa de gobierno, la gana quien logra definir qué está en la mente del elector. La política moderna funciona cada vez menos alrededor de las esperanzas y cada vez más alrededor de las amenazas percibidas, el ciudadano ya no vota únicamente por aquello que desea construir, vota para evitar aquello que teme.

Y ahí aparece un actor silencioso que podría terminar definiendo la elección, el abstencionista emocional. No se trata del ciudadano desinteresado ni del indiferente a la política, es aquel que observa, duda y espera, el que no se siente representado plenamente por ninguno de los extremos. El que participa solamente cuando percibe que existe algo demasiado importante que perder.
Ese elector suele decidir las elecciones más cerradas.

Mientras los votantes más ideologizados y doctrinarios ya tienen una posición tomada, la verdadera competencia ocurre en el terreno de quienes aún no sienten urgencia de participar. 

La campaña que logre transformar la apatía en preocupación tendrá una ventaja decisiva, por eso la pregunta central de este 21 de junio no será quién tiene la mejor propuesta económica, quién presenta la reforma más innovadora o quién exhibe el equipo técnico más sólido, la pregunta será mucho más elemental, ¿Quién logra instalarse como el riesgo menor?

Esa percepción puede resultar injusta, simplista e incluso equivocada, pero las elecciones no siempre son ejercicios de racionalidad académica, y estás elecciones lo han demostrado a más no poder, son ante todo, procesos emocionales donde los ciudadanos intentan reducir incertidumbres y proteger aquello que consideran valioso.

La paradoja es evidente, en una democracia madura deberían ganar las ideas, sin embargo, en tiempos de polarización suelen ganar las emociones y Colombia lleva varios años votando más desde la ansiedad que desde la esperanza.

Por eso, si nada extraordinario ocurre en los próximos días, la elección presidencial de 2026 no será recordada como una confrontación de propuestas, lamentablemente será recordada como la gran competencia entre dos miedos, y como casi siempre sucede en política, vencerá quien logre convencer a la mayoría de que el otro representa un peligro mayor.

*Este espacio de opinión es de carácter personal. Las ideas aquí publicadas son responsabilidad exclusiva de quien las escribe.

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