Opinión- Actualidad Metropolitana
Por: Omar Jiménez
22 de junio de 2026
Colombia amaneció hoy en un lugar extraño, no es la euforia de una victoria aplastante ni el duelo de una derrota incontestable, es el territorio incómodo de las elecciones cerradas, de muchas emociones que están al límite y de las interpretaciones interesadas.
Los resultados preliminares muestran una ventaja cercana a los 250.000 votos de Abelardo de la Espriella sobre Iván Cepeda, una diferencia estrecha para la magnitud del país, pero significativa dentro de la historia reciente de las segundas vueltas presidenciales.
Sin embargo, la democracia tiene procedimientos y cuando la emoción intenta correr más rápido que las instituciones, conviene recordar que el preconteo es una herramienta informativa, no una decisión jurídica, por eso resulta oportuno las palabras del Procurador Gregorio Eljach, quien recordó una verdad elemental que muchos parecen olvidar en medio de la ansiedad colectiva, el resultado vinculante no es el del preconteo, sino el del escrutinio realizado por las comisiones escrutadoras y posteriormente consolidado por las autoridades electorales competentes.
Por eso la serenidad se vuelve una virtud política, quienes celebran deberían hacerlo con prudencia, quienes esperan una remontada improbable deberían hacerlo con realismo, los escrutinios existen para otorgar certeza, no para fabricar resultados.
Históricamente, las diferencias entre preconteo y escrutinio en las elecciones presidenciales han sido marginales, la experiencia demuestra que modificar una diferencia cercana a los 250.000 votos no es imposible, pero sí extraordinariamente improbable.
Mientras tanto, el país deja otra lección que merece ser destacada, y es que millones de colombianos acudieron a las urnas y protagonizaron una jornada ejemplar de participación democrática. Más allá del ganador, Colombia volvió a demostrar que conserva algo invaluable, ciudadanos que creen en el voto como instrumento legítimo de cambio.
Y hay otra enseñanza que la política deberá estudiar durante años, Abelardo de la Espriella no construyó únicamente una candidatura, construyó un símbolo y en la política moderna no siempre premia la trayectoria más larga ni la hoja de vida más extensa, premia la capacidad de representar una emoción colectiva. Los símbolos simplifican realidades complejas, se recuerdan, se convierten en identidad, se transforman en una causa y su mensaje fue cualquier cosa menos ambiguo, no intentó hablarle a todos los colombianos le habló a un sector específico que quería sacar a Petro del gobierno, entendió una regla fundamental de la comunicación política, la tibieza rara vez moviliza, los mensajes que pretenden agradar a todos suelen terminar por no inspirar a nadie.
Iván Cepeda tendrá asiento en el Senado de la República y Aída en la Cámara de Representantes, convirtiéndosen en referentes naturales de la oposición, será una nueva etapa política para un sector que seguirá teniendo representación, voz y capacidad de incidencia dentro del sistema democrático.
Por su parte, Iván Cepeda y el presidente Gustavo Petro han anunciado la impugnación de aproximadamente 33.000 mesas electorales. Están en su derecho, para eso existen los mecanismos institucionales, las reclamaciones y las garantías electorales, lo importante es que esas solicitudes sean estudiadas por las autoridades competentes y resueltas con total transparencia. Pero así como la democracia protege el derecho a controvertir los resultados, también exige la responsabilidad de aceptarlos cuando las instituciones concluyen su trabajo. Ganar hace parte de la política y perder también.
Antes que simpatizantes de una campaña, somos ciudadanos de una misma nación, porque cuando las reglas se respetan, cuando las diferencias se tramitan en las urnas y cuando los resultados se aceptan dentro del marco institucional, la victoria más importante no pertenece a un candidato, pertenece a la democracia.

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