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lunes, 15 de junio de 2026

Decálogo para perder una elección

Opinión- Actualidad Metropolitana

15 de junio de 2026



Hay una vieja tentación en política es creer que las elecciones se ganan antes de que los ciudadanos entren a los cubículos de votación.




Es una enfermedad muy frecuente que comienza con encuestas favorables, evoluciona con los aplausos de los áulicos y termina convirtiéndose en una peligrosa incapacidad para escuchar la realidad; sus síntomas incluyen exceso de confianza, menospreciar al adversario y una convicción ridícula de que la victoria es inevitable.

La campaña de Iván Cepeda parece empeñada en convertirse en un caso de estudio, porque tenía prácticamente todo para ganar, tenía el respaldo del Gobierno Nacional, la chequera del Estado, al Pacto Histórico que venía creciendo electoralmente, la mayor fuerza parlamentaria del país, programas sociales por montones y un presidente que conserva niveles de favorabilidad que muchos mandatarios de la región envidiarían.

Tenía todo, todo, excepto una buena estrategia electoral. El primer error fue dar por descontada la segunda vuelta. Encerraron al candidato en una cueva, lo protegieron de escenarios incómodos y lo alejaron de los debates. La lógica parecía brillante, evitar riesgos innecesarios, pero la realidad los aterrizó de golpe.

El 31 de mayo terminó siendo una bofetada contra la soberbia, Cepeda quedó segundo, más de 600 mil votos por debajo de Abelardo de la Espriella, precisamente el candidato que muchos sectores del progresismo consideraban el rival más fácil de derrotar.

Y ahí apareció el segundo error, subestimar al adversario, porque una cosa es reconocer que Abelardo tiene propuestas muy cuestionables, grandes vacíos programáticos y una visión simplista de muchos problemas nacionales, pero otra muy distinta es creer que eso basta para derrotarlo.

La política en nuestro país demuestra exactamente lo contrario. Los ciudadanos rara vez votan por el candidato mejor preparado, votan por quien interpreta mejor sus emociones y mientras Cepeda hablaba de continuidad, Abelardo hablaba de romper todo el establecimiento. Mientras el progresismo presentaba argumentos, el "Tigre" construía símbolos, mientras unos apelaban a la razón, el otro apelaba al sentimiento y al final el sentimiento suele ganar.

Petro entendió esa lección en 2022, él no ganó únicamente por sus propuestas, ganó porque interpretó el estado de ánimo de un país cansado, indignado y dispuesto a castigar a la derecha. Hoy esa emoción cambió de dirección, la campaña de Cepeda creyó que el centro político llegaría por inercia, como si millones de colombianos fueran a votar por la continuidad simplemente porque la alternativa les parecía peor.

Pero las elecciones no funcionan solo por descarte, funcionan por conquista y para conquistar hay que hablarle a quien duda, a quien critica, a quien no piensa igual.

El tercer error fue hablar únicamente para los propios, para la izquierda, confundieron la tribuna con la mayoría, mientras tanto, Abelardo logró algo mucho más importante que sumar seguidores, convertirse en el recipiente electoral de todos los descontentos y ese fenómeno tiene antecedentes.

Uribe no habría existido sin las FARC, Petro no habría existido sin Uribe y Abelardo difícilmente existiría sin Petro. No porque represente una esperanza colectiva, sino porque para millones de colombianos representa la oportunidad de castigar al Gobierno Petro.

Las elecciones muchas veces no las gana quien genera más entusiasmo, las gana quien concentra más inconformidad, por eso resulta tan irónico ver hoy al equipo de Cepeda rogando por debates presidenciales, los mismos debates que parecían innecesarios hace apenas unas semanas, los mismos escenarios que evitaron cuando se sentían ganadores.

La política tiene un sentido del humor despiadado, aquello que ayer parecía un riesgo, hoy es la única tabla de salvación que tiene Cepeda tras unas últimas semanas erráticas, incluso desde la estrategia digital.

Pero las oportunidades desperdiciadas rara vez regresan y a diez días de las elecciones, la emoción favorece a Abelardo, la narrativa favorece a Abelardo, la conversación pública favorece a Abelardo, y aunque nada está definido, hoy parece estar mucho más cerca de la Presidencia de lo que sus adversarios jamás imaginaron.

Lo fascinante de esta campaña, a parte del ascenso de un sujeto como Abelardo, es la forma en que sus rivales contribuyeron a construirlo, porque las derrotas electorales no ocurren de la noche a la mañana, se incuban lentamente, en reuniones donde nadie contradice al jefe, en campañas que dejan de escuchar, en estrategas que terminan creyendo sus propios discursos.

La lección es simple, las elecciones no se ganan administrando ventajas, se ganan comprendiendo el estado de ánimo de una ciudadanía y cuando una campaña pierde esa capacidad, puede descubrir demasiado tarde que tenía todo para ganar, excepto lo indispensable.

A diez días de las elecciones, el tigre parece tener todo a su favor, solo falta que hablen los colombianos, solo esperemos, por el bien de todos, que al país por jugar a la jungla no se lo termine comiendo un mal tigre.

*Este espacio de opinión es de carácter personal. Las ideas aquí publicadas son responsabilidad exclusiva de quien las escribe.

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